Extraño legado

Me levanté con un enorme dolor de cabeza. Quizás demasiado tequila ingerido de manera compulsiva en el bar de la esquina. Un refugio para ayudar a olvidar los problemas y donde los informes del despacho se empapan del alcohol que iba escupiendo al hablar.

El caso que llevaba entre manos me estaba superando. Una herencia que alborotaba de manera bárbara a sus herederos. El escrito reposaba sobre mi cama, junto al acta, un pan desmigado y el resto del inventario. Traté de escribir mi argumento verbal en el margen del programa de una academia de adiestramiento de animales, que alguien debió meter en mi buzón con alguna irónica intención.

Era incapaz de recordar algún precedente a este proceso. La resaca y mis inusuales clientes, cinco perros y ocho gatos, hacían difícil determinar la manera más equitativa de repartir los bienes y viandas que el fallecido aun conservaba en la despensa.
 
 
Perro asomado al balcon

FOTOGRAFÍA: IGNACIO IGLESIAS

 

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